
Era la peor hora del día para Carlitos. Sin saber muy bien a donde ir deambuleaba por el recreo de su colegio. No había nadie en todo el recinto que se conociera tan bien cada recodo del lugar, tal es así que incluso a veces acudían a él para que ayudara a buscar cualquier objeto que se hubiera perdido. Y es que para Carlitos era la peor hora de su vida. Cuando la campana del colegio anunciaba el tan anhelado descanso de todos sus compañeros, él suspiraba resignado, y con parsimonia recogía su mesa. Seguidamente salía de la clase despacito, con desánimo. En verdad era un niño raro, excesivamente tímido y parecía no querer relacionarse con nadie. Sus compañeros lo habían dado por caso perdido, pues no eran pocos los intentos que afanosamente habían hecho para inentar espabilarle y hacerle cómplice de sus juegos. Muchos se preguntaban, ¿qué le pasará a Carlitos? Nadie lo sabía, como tampoco conocían si tenía familia en casa esperándole en las tardes, ni cuántos, ni qué hacían o en qué trabajaban… Absolutamente nada.
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