Mi querida flor,
¿Así es como te llamaba verdad? Ya me perdonarás que sólo recuerde el pseudónimo y no la causa. Como genio de la deducción que eres, en seguida al leer estas letras te habrás dado cuenta, sí, mi carcelero interno me ha dado unas horas libres y es permisivo en hacerte llegar este trocito de mis recuerdos fallecientes. ¿Cuántos me quedan? No saben decírmelo, ni siquiera confirmar con certeza qué mal padezco.
¿Sabes que el otro día vino una señora a preguntarme qué tal estaba? No sé porqué, pero su mirada estaba bañada en lágrimas, se la veía sufriendo y haciendo esfuerzos por contener su rabia. Le pregunté el motivo de su desdicha, y sólo me dijo una cosa: ‘Si tu supieras… ¿me perdonarías?’



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