
Acurrucada en su cama, la pequeña Sophie ansiaba volver a oir la voz de su mamá. Ya hacía meses que, repentinamente y en la noche, un susurro seco e impertinente se hacía hueco en sus oidos. El sonido parecía provenir del otro lado del bosque. El mismo bosque que ya desde muy pequeñita le hicieron prometer infinidad de veces que no pisaría, y el mismo que aun así hacía las veces de escondite tras sus pequeñas travesuras. La prohibición nunca llegó a entenderla, pues cuando pedía explicaciones estas siempre eran vagas e inconclusas historias de niños que en su día entraron en el y no volvieron a salir.




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