Me hace gracia la ironía. Y es que existe un precepto generalmente aceptado, de que aquellos que van a misa y/o son fervientes asiduos a cualquier evento de corte religioso, como los que habrá en los días presentes, sean considerados por no pocos como signo de que son ‘buena gente’, respetable y todo eso. Vamos, lo más de lo más en bondad humana. Pero si somos sinceros, luego la realidad es bien distinta. Lamentablemente, no es oro todo lo que reluce como diría aquel, ni es todo cristiano digno de ejemplo para el más insurrecto. Los motivos del ‘camuflaje voluntario’, y el ‘aparentar lo que uno no es’ bien pueden ser variados. Los hay que tienen miedo al qué dirán (esto gracia a Dios ya no se estila tanto), otros se prestan a ello para transmitir confianza, o incluso para intentar autoconvencerse de que no son tan malos y que todo es redimible. Y aunque al menos entre la gente joven de ahora el profesar una determinada religión ya no es ley de vida, aunque no ejerza la misma influencia que antaño la religión cristiana poseyó, los hay y aún quedan los que habiendo recibido una educación ya retrógrada, creen que su condición de devotos los convierten en modelos únicos.
Ahora que se acercan fechas tan señaladas, que las calles se inundarán de devotos y otros sólo curiosos, no está de menos recordar los momentos históricos que se veneran, y que aquí como en casi todo, no prima más la creencia que el respeto y entusiasmo al encuentro con nuestro pasado.
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